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Bartolomé, HSF

JUAN CLAUDIO MENU. Nac. en Minzier (Dpto. Alta Saboya) el 15.11.1839. + 20.07.1911. Profesión 22.09.1855. De familia muy cristiana y de posición desahogada. Recibido en el noviciado antes de la edad reglamentaria el 02.07.1854. 5 años en Alby y S. Pierre d'Albigny.

Ante el pedido de Mons. Chalandon, arzobispo de Aix, el Hno. fue enviado para ocuparse de la vigilancia de los seminaristas en Aix y dirigir un curso comercial anexo. Algunos de sus alumnos eran de más edad que él. Sin embargo el Hno. supo desempeñarse adecuadamente: “a pesar de su aire austero - dice uno de sus discípulos - y del silencio continuo que guardaba con nosotros, lo queríamos y estimábamos sinceramente, pues lo conocíamos como hombre recto y del deber ante todo”. Algunos años después fue liberado de la vigilancia pero - según su expresión - para cargar con una cruz más pesada. Fue nombrado Director de los Hnos., al mismo tiempo que profesor del curso superior de comercio. Su natural timidez le impedía aceptar esta doble función y pidió ser liberado del cargo pero por obediencia tuvo que someterse.

El Superior del Seminario viendo su buen desempeño pedía al HG que se lo dejara durante mucho tiempo. “Es inteligente - decía - y los padres están muy contentos del progreso de sus alumnos”. La virtud como la violeta se revela por ella misma y aunque nuestros Hnos. querían pasar desapercibidos y no hacían nada por atraer la atención, sin embargo la buena fama traspasó los muros del Seminario y algunas Dióc. vecinas, pidieron tener Hnos., como el Obispo de Frejus, para el Seminario de Brignoles, el arcipreste de la misma ciudad para su Maîtrise, etc.. Después de 19 años tuvo que abandonar Aix, pues el espíritu antirreligioso, que desembocaría en la expulsión de los religiosos en 07.1901, comenzaba a extenderse y se tuvo que suprimir el curso comercial para externos.

Encontramos al Hno. después en Florensac, Beaune (orfanato-asilo), S. Laurent du Pont y Ceret. Había dejado la educación y los alumnos de la ciudad aristocrática y sabia del sur para encontrarse con jóvenes de campaña, sin formación, o con orfanatos que no ofrecían otro interés que la situación de miseria de sus alumnos. Se mostró siempre contento no preocupándose más que de adaptarse a los nuevos discípulos para formarlos y educarlos. Cuando se trató de agregar un pensionado a la escuela de Sta. María de Ceret, se le ofreció la dirección, pero su timidez le impidió aceptar la amable proposición que se le hacía. Esta timidez invencible del Hno., fue fuente de mucho sufrimiento para él y de muchas situaciones embarazosas. Era verdaderamente una cruz en su vida. Cuando se necesitó un Director para el juniorato, no se creyó encontrar otra persona más indicada que el Hno. Bartolomé. Su espíritu observador se había enriquecido durante la larga estadía de Aix; había frecuentado personas distinguidas, espíritus cultivados, que lo ayudaron a adquirir los buenos modales que todos admiraban en él. Trató de esa misma manera a los junioristas: “tienen que ser personas bien educadas, porque van a ser Hnos. el día de mañana”, decía. Se preocupaba del orden y la limpieza, la buena apariencia y la educación de los niños. Todo esto atraía la atención de las personas que los veían.

Pero los niños que le confiaban, tenían necesidad sobre todo de condescendencia y de ser animados. El ideal que les proponía era muy alto quizás para ellos. Los superiores encontraron que el Hno. era un poco rígido y pensaron en darle otro destino. Fue un gran sufrimiento para él porque lo tomó como un castigo. Entonces exclamó: “Señor ! he trabajado para Vos y de Vos solo espero la recompensa. Tú permites esta prueba que pudiera ser un castigo, que tu nombre sea bendito”. Fue destinado entonces a Sta. Ma. de Batignolles en París, donde se ocupaba de ayudar a misa y secundar al sacristán. “Era un religioso piadoso, modesto, servicial, edificante”; escribía uno de sus co-Hnos.. Si bien gozó siempre de una excelente salud, la cruz del sufrimiento físico no le podía faltar. En su última enfermedad a pesar de ser hospitalizado el mal no dejaba de progresar: “Voy a morir hoy o mañana, escribió a su Director, y quisiera que Vd. y el Hno. D., estén cerca”. El entierro se hizo solemnemente en Sta. María, con asistencia de 14 sacerdotes y más de 300 fieles. Al domingo siguiente al anunciar la muerte de nuestro Hno., el párroco pronunció un sermón elogioso - interrumpido dos veces por la emoción - alabando particularmente su profunda piedad, su educación tan agradable, sus maneras distinguidas. “Llevaba en su figura la aureola de la santidad, dijo, como todos lo hemos podido constatar”. (EN-R2, 315 - BFD).

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