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Revolución de 1830

Insurrección de los parisinos contra Carlos X, por ordenanzas anti-populares de su ministro Polignac

Después de 2 días de lucha en París, se concluyó con el exilio de la rama más alta de los Borbones y el advenimiento de Luis Felipe (Cf.) (NPL) (1830-48). La “Monarquía de Julio” de carácter conservador duró hasta 1848 en que la oposición liberal logró la caída del régimen. La revolución de julio fue un choque brutal para los Pastores de la Dióc. de Belley, que veían así destruida la unión del Trono y el Altar. “Los eclesiásticos -escribía en noviembre de 1830 el prefecto (máxima autoridad Dptal.) Tondut- han visto en su gran mayoría con gran dolor la caída del antiguo gobierno. El clero es pues el enemigo de la nueva regeneración. Se percibe su odio, sus secretas esperanzas pero no se atreven a manifestarlas abiertamente”: Mons. Devie obró con prudencia y diplomacia invitando a su clero a adoptar cierta “indiferencia” respecto a la forma del gobierno civil. Pero en julio temiendo lo peor, el prelado aconsejó a Gabriel que cerrara su escuela y despidiera los pensionistas. Las autoridades civiles del Dpto. se mostraron bastante hostiles y desafiantes respecto a la Iglesia y sus sacerdotes. La revolución trajo el cambio progresivo de las autoridades en la apacible comuna de Belmont. El 15.09 el Prefecto Dptal. (máxima autoridad Dptal.) nombra como Alcalde de Belmont al Sr. César Roux en lugar del Sr. de Lauzière. A eso hay que agregar un segundo cambio y es el nombramiento de un nuevo párroco, el Rvdo. Bosson en 07.1830. De golpe Gabriel perdía los dos protectores que tenía en Belmont, el alcalde y el párroco. Se habría un período de gran incertidumbre. (EB p. 177) (Cf. “Champdor” y “Montillet”).

En julio de 1830 la Revolución, que poniendo fin al reinado de los Borbones llevó al poder a Luis Felipe de Orleans, fue en sus primeros síntomas dirigida tanto contra el altar como contra el trono. En 1830-31 tuvieron lugar decenas de saqueos en la capital y las provincias. Edificios religiosos fueron saqueados, las cruces en las ciudades y pueblos fueron derribadas, los sacerdotes insultados. Fiel a la doctrina y a la práctica constante de la Iglesia, Pío VIII por su Breve del 29.09.1830 había hecho saber al clero de Francia que no veía ningún inconveniente en que la Iglesia Francesa aceptase realmente un nuevo gobierno que él mismo había reconocido. La misión de la Iglesia es más elevada que la que corresponde a los poderes civiles. Por lo tanto a sus ojos, el problema no es que un país elija o acepte tal o cual régimen político, sino que la Iglesia pueda cumplir su oficio sobrenatural. León XIII medio siglo más tarde no usará otro lenguaje. (Historia Ilustrada de la Iglesia. T.II. Bajo la dirección de Georges de Plivall y Ramain Pittet. p. 244. Madrid 1961).

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